Artículo escrito por Cristina Aranda Sánchez o MyWorldLab

Imagen 1. Portada. Imagen creada por IA Cristina Aranda
¿Por qué cuando estamos enfermos no tenemos ganas de hacer nada?
Empieza con una molestia en la garganta, algo de congestión o unas décimas de fiebre (que te mides con un termómetro del que te cuenta la historia mi compi Alexia, en este artículo). Poco después aparece un cansancio que parece desproporcionado: cuesta levantarse, disminuye el apetito, concentrarse resulta complicado y lo único que apetece es quedarse en casa.
Podríamos pensar que estos síntomas son simples consecuencias de la infección. Sin embargo, muchos forman parte de una respuesta organizada por nuestro propio organismo.
Cuando el sistema inmunitario detecta una amenaza, no actúa de manera independiente. Se comunica con el cerebro para modificar temporalmente nuestro comportamiento y conseguir que la recuperación se convierta en la principal prioridad.
Por eso, cuando estamos enfermos, no somos menos productivos ni nos hemos vuelto perezosos. Nuestro cuerpo está siguiendo un programa biológico de defensa.
El sistema inmunitario y el cerebro están conectados
Durante mucho tiempo se pensó que el cerebro y el sistema inmunitario funcionaban como dos mundos prácticamente separados. Hoy sabemos que mantienen una comunicación constante. Es más del sistema inmunitario ya os hablaron Paleosanji y Ammu, en este artículo. A la par que Ammu, ha contado muchas cosas del sistema nervioso, en este otro artículo, entre otros muchos, buscarlos para aprender más.
Cuando un virus, una bacteria o una lesión activa nuestras defensas, distintas células inmunitarias reconocen las señales de peligro y producen unas moléculas llamadas citocinas.
Las citocinas funcionan como mensajeros. Permiten que las células coordinen la respuesta inflamatoria, soliciten ayuda y comuniquen al resto del organismo que existe un problema.
Entre las citocinas relacionadas con la respuesta frente a una infección se encuentran la interleucina 1 beta, la interleucina 6 y el factor de necrosis tumoral alfa. Su misión no es únicamente actuar en el lugar de la infección: también pueden desencadenar señales capaces de influir sobre el cerebro.

Imagen 2. Células del sistema inmune. Fuente: https://grup-policlinic.com/tratamientos/citoquinas-sarc/
¿Cómo llega el mensaje hasta el cerebro?
El organismo utiliza varias vías de comunicación al mismo tiempo.
Una de ellas es la sangre. Las citocinas que circulan por el cuerpo pueden actuar sobre las células que forman los vasos sanguíneos del cerebro. Estas células generan nuevas señales que transmiten la información al tejido nervioso.
También existen zonas cerebrales en las que la barrera hematoencefálica presenta características especiales y permite detectar con mayor facilidad lo que está ocurriendo en la circulación.
Otra vía importante es el nervio vago, que conecta el cerebro con órganos como el corazón, los pulmones y gran parte del aparato digestivo. Sus terminaciones pueden detectar señales inflamatorias generadas en los tejidos y enviar esa información al sistema nervioso central.
De esta forma, el cerebro no necesita estar infectado directamente para saber que algo está sucediendo en otra parte del cuerpo.

Imagen 3. Esquema del cerebro y partes que permiten la comunicación. Imagen creada por Ammu con Canva.
La llamada “conducta de enfermedad”
Cuando el cerebro recibe estas señales, modifica diferentes procesos fisiológicos, emocionales y conductuales. El conjunto de esos cambios recibe el nombre de conducta de enfermedad.
Sus manifestaciones más habituales son:
- Cansancio y sensación de debilidad.
- Aumento del sueño o necesidad de descansar.
- Reducción del apetito.
- Falta de motivación.
- Dificultad para concentrarse.
- Menor interés por relacionarse.
- Mayor sensibilidad al dolor.
- Disminución de la actividad física.
- Fiebre y cambios en la regulación de la temperatura.
Esta respuesta no es exclusiva de los seres humanos. Se ha observado en numerosas especies, lo que sugiere que se ha conservado a lo largo de la evolución porque aporta alguna ventaja durante las infecciones.
¿Por qué perdemos las ganas de hacer cosas?
Mantenernos activos consume una cantidad considerable de energía. Caminar, buscar alimento, socializar, trabajar o procesar información requiere recursos que, durante una infección, pueden ser necesarios en otros lugares.
Al reducir temporalmente la actividad, el organismo puede dedicar más recursos a la respuesta inmunitaria y a la reparación de los tejidos.
La falta de motivación también nos empuja a descansar y disminuye nuestra exposición a nuevas amenazas. El aislamiento social, además, podría reducir la transmisión de determinados patógenos a otros miembros del grupo. Esta explicación de la motivación en el cerebro con los neurotransmisores, podéis aprenderlo en otros artículos.
Esto no significa que cada síntoma tenga una única finalidad ni que siempre resulte beneficioso. Significa que la conducta de enfermedad es una respuesta coordinada y no un simple fallo general del organismo.
El cerebro cambia momentáneamente sus prioridades: aquello que normalmente nos produce interés o recompensa pierde importancia frente a la necesidad de recuperarnos.
¿Por qué dejamos de tener hambre?
La disminución del apetito también forma parte de esta respuesta. Las señales inflamatorias pueden actuar sobre regiones cerebrales relacionadas con el hambre, la saciedad y el equilibrio energético.
Comer menos durante un periodo breve podría evitar que gastemos energía buscando o preparando alimentos. Sin embargo, una pérdida de apetito intensa o prolongada puede dificultar una hidratación y nutrición adecuadas.
Por eso debemos diferenciar una respuesta temporal asociada a una infección leve de una situación que se mantiene o que impide beber, comer o realizar las actividades básicas.
La fiebre también empieza en el cerebro
La fiebre no consiste simplemente en que el cuerpo se caliente sin control.
Durante una infección, determinadas citocinas favorecen la producción de prostaglandina E2. Esta señal actúa sobre el hipotálamo, una región cerebral implicada en la regulación de la temperatura, y eleva temporalmente el punto de ajuste térmico.
El cuerpo interpreta entonces que su temperatura habitual es demasiado baja. Por eso podemos sentir frío, temblar o buscar abrigo aunque nuestra temperatura ya esté aumentando.

Imagen 4. Esquema de comida y cerebro. Imagen creada por Ammu en Canva.
La respuesta febril se ha conservado durante millones de años y puede favorecer determinados mecanismos de la inmunidad. Sin embargo, también aumenta el consumo de energía y puede resultar peligrosa en algunas situaciones, especialmente cuando es muy elevada, prolongada o aparece en personas vulnerables.
¿Toda inflamación es perjudicial?
La palabra inflamación suele tener una connotación negativa, pero no toda inflamación es mala.
La inflamación aguda es una respuesta rápida y regulada. Su finalidad es localizar la amenaza, activar las defensas, eliminar el agente dañino e iniciar la reparación del tejido. Cuando el problema se resuelve, el organismo pone en marcha mecanismos que reducen progresivamente la respuesta.
El problema aparece cuando la inflamación es excesiva, está mal regulada o se mantiene más tiempo del necesario.
En el cerebro también existen células inmunitarias especializadas. Entre ellas se encuentra la microglía, que vigila el entorno, elimina restos celulares y participa en la respuesta frente a lesiones e infecciones.
Una activación puntual puede tener una función protectora. En cambio, una activación mantenida puede alterar el funcionamiento neuronal y contribuir a cambios cognitivos, emocionales o conductuales. Esto es lo que suele relacionarse con el concepto de neuroinflamación persistente.
Por tanto, neuroinflamación no significa automáticamente daño cerebral. Hay que tener en cuenta su intensidad, duración, localización y causa.
Un diálogo que nunca se detiene
El sistema inmunitario no se limita a defendernos y el cerebro no se dedica únicamente a pensar. Ambos intercambian información de manera continua para adaptar nuestro comportamiento a las necesidades del organismo.
El cansancio, el sueño, la pérdida de apetito o las pocas ganas de socializar durante una infección no son necesariamente obstáculos sin sentido. Forman parte de una estrategia con la que el cuerpo intenta protegernos y favorecer la recuperación.
Así que la próxima vez que una infección te deje sin energía, recuerda que probablemente no sea pereza. Es tu sistema inmunitario avisando al cerebro de que, durante un tiempo, toca cambiar las prioridades y descansar.
Bibliografía
- McCusker, R. H. y Kelley, K. W. (2013). Immune–neural connections: how the immune system’s response to infectious agents influences behavior. Journal of Experimental Biology, 216, 84–98. Es la fuente principal utilizada para explicar las citocinas, el nervio vago, la barrera hematoencefálica y la conducta de enfermedad. PMC
- Dantzer, R. y colaboradores (2008). From inflammation to sickness and depression: when the immune system subjugates the brain. Nature Reviews Neuroscience. Explica cómo una infección periférica modifica el comportamiento y diferencia la conducta de enfermedad de los trastornos depresivos. pmc.ncbi.nlm.nih.gov
- Dantzer, R. (2004). Cytokine-induced sickness behaviour: a neuroimmune response to activation of innate immunity. European Journal of Pharmacology. Revisión sobre el papel de las citocinas proinflamatorias en el cansancio, la disminución del apetito y el aislamiento social. pubmed.ncbi.nlm.nih.gov
- Goehler, L. E. y colaboradores (2000). Vagal immune-to-brain communication: a visceral chemosensory pathway. Estudia la función del nervio vago como vía de comunicación entre las señales inmunitarias periféricas y el cerebro. pubmed.ncbi.nlm.nih.gov
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- Radtke, F. A. y colaboradores (2017). Modulating neuroinflammation to treat neuropsychiatric disorders. Revisión utilizada para contextualizar los posibles efectos de una producción inflamatoria mantenida sobre el sistema nervioso. pmc.ncbi.nlm.nih.gov
Artículo editado por Ana María Morón Usero, creadora de Ammu Neuroscience and Biology.
Más sobre las autoras:
Me presento soy Cristina Aranda Sánchez, maestra de los misterios celulares y exploradora de los infinitos microcosmos del laboratorio como Técnico Superior en Laboratorio Clínico, Anatomía Patológica y el noble arte de los Cultivos Celulares. Divulgadora con el proyecto Myworldlab en Twitter o X, instagram y LinkedIn.
Ha colaborado con el proyecto de Ammu Neuroscience and Biology, proyecto que intenta acercar la ciencia a la gente. Os animamos a leer otros post, donde aprenderéis mucho sobre la ciencia, tenéis más artículos de científicas Y MUCHOS OTROS TEMAS escritos por Cristina (enlace aquí).
Que la ciencia y la fuerza os acompañe.

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